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Así habló Zaratustra.
/De la visión y del enigma.
Friedrich Nietzsche.


1

Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratustra se encontraba en el barco - pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortunadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas.

Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir más lejos aún.

Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que por fin, a fuerza de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su corazón se rompió: - entonces comenzó a hablar así:

A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles,-

a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos: - pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo y que, allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir,-

a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la visión del más solitario. -

Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.

Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obstinación de mí pie.

Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.

Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.

Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.

“Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

¡Oh Zaratustra, tú piedra de la sabiduría, tú piedra de honda, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado tan alto, - mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, - ¡más sobre ti caerá de nuevo!”

Callo aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silencio me oprimía; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en verdad, más solitario que cuando se está solo!

Yo subía, subía, soñaba, pensaba, - mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento le deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarle cuando acaba de dormirse.-

Pero hay algo en mí que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin detenerme y decir: “¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!” -

El valor es, en efecto, el mejor matador, - el valor que ataca: pues todo ataque se hace a tambor batiente.

Pero el hombre es el animal más valeroso: por ello ha vencido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido incluso todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor más profundo.

El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es - mirar abismos?

El valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: “¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!”

En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tambor batiente. Quien tenga oídos oiga.

2

“¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos: - ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ese - no podrías soportarlo!” -

Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuchillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.

“¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta el final.

Esa larga calle, hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia delante - es otra eternidad.

Se contraponen esos caminos: chocan derechamente de cabeza: - y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: ‘Instante’.

Pero si alguien recorriese uno de ellos - cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?” -

“Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo”.

“Tu espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! O te dejo de cuclillas ahí donde te encuentras, ¡cojitranco! - ¡y yo te he subido hasta aquí!

¡Mira continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.

Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá ya que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido alguna vez?

Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que - haber existido ya?

¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras si todas las cosas venideras? ¿Por tanto - - - incluso a sí mismo?

Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia delante - tiene que volver a correr una vez más! -

Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y yo y tú cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - no tenemos todos nosotros que haber existido ya? - y venir de nuevo y corre por aquella otra calle, hacia delante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?”

Así dije, con voz cada vez más queda; pues tenía miedo de mis propios pensamientos y del trasfondo de ellos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.

¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia:

- entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi, con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas:

de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, -detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: -

esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.

¿A dónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me había despertado? De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltando, con el pelo erizado, gimiendo - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo, gritó: - ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?

Y en verdad lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra.

¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizo en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.

Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito:

“¡Muerde! ¡Muerde!

¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!”

- este fue el grito que de mí se escapó,

mi horror,

mi odio,

mi nausea,


mi lastima,

todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. -

¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores indagadores, y quien quiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Vosotros, que gozáis con enigmas!

¡Resolvedme, pues, el gran enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!

Pues fue una visón y una previsión: - ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún?

¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?

- Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; y dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: - y se puso de pie de un salto. -

Ya no pastor,
ya no hombre,
un transfigurado,
un iluminado, que reía!
¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como rió él !

Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, - - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.

Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, como soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora! -

Así habló Zaratustra.

Y así hablo yo:


Cuando Zaratustra hubo narrado todo esto, y después de la travesía en aquel barco, descubrí qué simbolizaba esa serpiente negra, porque también esa misma serpiente tenía sus fauces clavadas en mi garganta.

Fue hoy que mordí con todas mis fuerzas y le corté la cabeza, y hubo un silencio largo, como el que antecede a una tormenta.

Entonces pude hablar yo, José Luis Cortiñas, uno de aquellos hombres que rodeaban a Zaratustra, yo, el que también goza con enigmas y se alimenta de preguntas que otros temen, y dije:

“Zaratustra, escúchame: también yo he sentido esa serpiente clavada en mi garganta, anestesiando con su veneno mi entendimiento y obstruyendo mis palabras”.

Esa serpiente era la definición de una palabra ennegrecida por siglos, una definición que los hombres repitieron sin comprender.

Esa definición era la de la palabra “VERDAD”.

Hoy sé que el enano —aquel que dijo “toda VERDAD es curva”
no fue más que una deformación entre tantas otras.
Porque la VERDAD no tiene forma, ni habita en la supuesta geometría del enunciado, como si pudiera fraccionarse, doblarse, enderezarse o quebrarse.

Durante mucho tiempo me asfixió su tamaño, pues la habían engordado ambiguas doctrinas, de juicios heredados,de voces que no nacieron de la conciencia, sino del miedo, de la obediencia, la desconfianza y la comprobación.

Y esa serpiente por momentos hablaba en mí como con un idioma ajeno, y yo mismo creía que era mi voz.

Pero tú, Zaratustra, te acercaste con el paso del que no teme.
Y no me ofreciste consuelo, sino desafío.
No me diste respuestas, sino vértigos.
No me diste sendero, sino precipicio.

Y me dijiste:
‘¡Muerde!

¡Muerde aquello que te ahoga!’

Y mordí, y escupí lejos de mí la cabeza de esa serpiente.

ya no hombre,

un transfigurado,

un iluminado, que ahora ríe con una risa que suena al ritmo de un tambor batiente.

Porque solo quien se atreve a morder la cabeza del negro y viejo sentido de palabras mal habidas, de doctrinas antiguas que ahogan, puede liberar para el parto un nuevo nacimiento del espíritu.

Mordí la cabeza de esa vieja serpiente.

y arrojé lejos la definición que por siglos había envenenado almas.
Y al hacerlo, Zaratustra, una risa me atravesó,
no risa de burla o de locura, sino la risa fresca y luminosa del que se sabe libre.


Y mi tarea —oh Zaratustra—no fue obedecer el erróneo significado,sino liberar a la VERDAD de su prisión,
restaurarla en su primitiva intención: esa intención pura, la certeza interior, el reconocimiento silencioso de transmitir lo que se sabe absolutamente acertado.

Por eso vengo a ti como uno de esos hombres que se lazaron con velas astutas a mares inexplorados.
Vengo como incansable buscador, como indagador, como el que no teme desmontar el primer y último ídolo.

Sí, Zaratustra:
mi filosofía mató a la serpiente, le corto la cabeza.

Después de esto, Zaratustra me miró serenamante un rato y finalmente sonrió, como sonríen los que ven cumplida una profecía, y murmuró:

“Ahora eres digno de mis enigmas.”
Fín

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Debo aclarar que este texto no formará parte de mi libro, sino que es un ejercicio escrito desde complicidad alegórica con Zaratustra (FN).

José Luis Cortiñas Méndez

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