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- La VERDAD y su redefinición pendiente.
Autor: José Luis Cortiñas Méndez

"Mi gratitud a los filósofos de todos los tiempos"

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La filosofía nació de forma espontánea en múltiples culturas, cada vez que emergían preguntas fundamentales. Y, al igual que un niño comete errores que un adulto puede advertir, es razonable que los contemporáneos podamos reconocer limitaciones en los razonamientos y expresiones de los primeros pensadores. Ellos representan la niñez de nuestro pensamiento colectivo, una niñez con enorme potencial hacia una madurez que no se detiene con la muerte de un filósofo ni con el fin de una época.


Cada generación, al revisar lo heredado, no invalida a sus maestros: los amplía, los depura y los resinifica. Así progresa la comprensión de la VERDAD, no por negación del pasado, sino por la profundización de lo ya intuido. Ciertamente, un error conceptual en los antiguos no invalida la grandeza de su pensamiento: su sabiduría permanece inmensa, aunque a veces arrastre lo que hoy llamaríamos "errores lógicos".


La humanidad, a través de los siglos, ha madurado en su manera de comunicar y razonar. Allí donde hubo hombres y comunidades, surgieron reflexiones sobre la justicia, la virtud, la libertad, el amor y la VERDAD, entre tantas otras nociones. A continuación, citaré a varios filósofos reconocidos y a otros pensadores que, en distintas frases, se refieren a la VERDAD. De este modo se evidencia la multiplicidad de enfoques y la dificultad de fijar una definición única.


En algunos casos, la referencia de sus autores aparecerá al inicio de la frase; en otros, se demorará, con el propósito de equilibrar el peso de la popularidad de unos frente al desconocimiento de otros. Todas las frases y máximas, sin excepción, aportan valor para iluminar la complejidad que encierra la palabra VERDAD. Sin embargo, su significado puede expresarse de manera simple y comprensible para todos en el reconocimiento propio e íntimo de la intención de transmitir conocimientos absolutamente acertados.

 

Cuanto más se escribió la bendita palabra, más difícil se volvió reconocer una definición diferente. Durante siglos, escritores, filósofos y pensadores usaron la palabra bajo la lógica tradicional -externa, objetivista, heredada- hasta convertir ese uso en una costumbre automática. La repetición creó una prisión expresiva: cuanto más se la utilizó sin examinar su sentido interior, más rígida se volvió su interpretación. Por eso hoy cuesta aceptar la definición correcta: no porque sea compleja, sino porque choca contra siglos de inercia verbal que confundió el hábito con la precisión.

 

La verdad y la prisión expresiva de los escritores:
cómo el uso tradicional de la palabra impide aceptar su correcta definición
La historia de la literatura y del pensamiento está atravesada por una paradoja silenciosa: quienes más se dedicaron a explorar la condición humana -escritores, filósofos, poetas, moralistas, ensayistas- quedaron atrapados en una prisión lingüística que ellos mismos heredaron sin saberlo.

Esa prisión es sus reflexiones , artículos, meditaciones, páginas escritas, etc. En que usaron a la palabra verdad entendida bajo la lógica antigua, tradicional, objetivista, externa, despojada de la conciencia de intención que la constituye en su significado correcto.

Durante siglos, los escritores utilizaron la palabra verdad como parte de un vocabulario heredado o algunos destellos de lucidez. La repetición constante de ese uso volvió natural una definición que, si se examina con rigor, nunca fue semánticamente precisa.

 

La palabra se usó como si fuera un espejo del mundo exterior, como si su naturaleza consistiera en la coincidencia con hechos, datos o realidades externas a la conciencia del hablante. Este hábito, transmitido de generación en generación, cristalizó en una tradición expresiva que se transformó en una prisión conceptual.

La consecuencia fue doble: por un lado, la palabra quedó despojada de su raíz interior, la que remite a la intención íntima y al saber absolutamente acertado; por otro, se creó una barrera cognitiva que dificulta aceptar cualquier redefinición posterior por más lógica, precisa y necesaria que sea.

Cuando la literatura, la filosofía o el pensamiento moral utilizan de manera recurrente una palabra bajo un mismo sentido durante siglos, quien escribe inspirado en esa vieja concepción reproduce la misma estructura sin advertir que está imitando una convención que surgió no por claridad conceptual, sino por comodidad cultural.

El problema no es la tradición, sino la inercia.
Escribir con la palabra verdad bajo la definición antigua implica participar de un sistema semántico que ya viene contaminado por la mirada externa. Las narraciones se llenan de expresiones tales como buscar la verdad, alcanzar la verdad, revelar la verdad, definiciones todas que presuponen que la verdad es un objeto exterior que se encuentra o se demuestra.

 

Esta forma de pensar quedó tan firmemente arraigada que los escritores, incluso los más lúcidos, quedaron atrapados en una sintaxis que les impide ver la dimensión interiorísima del concepto.

Cuando aparece una redefinición que exige mirar hacia adentro -reconocer la propia intención, examinar la certeza íntima de lo que se comunica- el choque es inevitable.

La resistencia no es racional; es cultural.
Aceptar la correcta definición implica desmontar siglos de hábitos expresivos, desmontar frases hechas, desmontar la autoridad simbólica de miles de libros y autores consagrados. Implica reconocer que la tradición literaria trabajó sobre una noción incompleta. Y ese reconocimiento es incómodo, porque supone que incluso los grandes escritores no hablaron desde la precisión conceptual, sino desde el eco de una costumbre.

La prisión lingüística se vuelve, entonces, una prisión emocional. Quien escribe siente que cuestionar la definición tradicional es una traición a los propios maestros. Y quien lee siente que aceptar una nueva definición implica renunciar a la familiaridad con la que fue educado.

Pero la literatura no pierde nada cuando se corrige un concepto: solo gana profundidad.
Si la verdad se concibe como intención + certeza interior, entonces el acto de escribir se vuelve un ejercicio más honesto, más humano y más exigente. La palabra deja de ser un rótulo externo para convertirse en un compromiso íntimo entre quien comunica y aquello que sabe con absoluta claridad. La escritura se libera de la prisión semántica y recupera su dimensión ética.

El obstáculo actual, por tanto, no es filosófico sino cultural: los usos tradicionales han creado un reflejo automático que rechaza la redefinición correcta simplemente porque es nueva, porque exige un cambio estructural en la manera de pensar, hablar y escribir.

Aceptar esta redefinición no solo desafía la herencia literaria; invita a revisarla.
Quien logre atravesar esta barrera comprenderá que la palabra nunca habló del mundo exterior, sino de la conciencia que decide comunicar sin errar y con beneficio para el otro.
Y que todo lo escrito hasta ahora no se invalida: simplemente adquiere una profundidad que hasta este momento había permanecido oculta.

Autor: José Luis Cortiñas Méndez