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- La VERDAD
y su redefinición pendiente.
Cuanto más se escribió la bendita palabra, más difícil se volvió reconocer una definición diferente. Durante siglos, escritores, filósofos y pensadores usaron la palabra bajo la lógica tradicional -externa, objetivista, heredada- hasta convertir ese uso en una costumbre automática. La repetición creó una prisión expresiva: cuanto más se la utilizó sin examinar su sentido interior, más rígida se volvió su interpretación. Por eso hoy cuesta aceptar la definición correcta: no porque sea compleja, sino porque choca contra siglos de inercia verbal que confundió el hábito con la precisión.
La
verdad y la prisión expresiva de los escritores: Esa prisión
es sus reflexiones , artículos, meditaciones, páginas escritas,
etc. En que usaron a la palabra verdad entendida bajo la lógica
antigua, tradicional, objetivista, externa, despojada de la conciencia
de intención que la constituye en su significado correcto. Durante siglos, los escritores utilizaron la palabra verdad como parte de un vocabulario heredado o algunos destellos de lucidez. La repetición constante de ese uso volvió natural una definición que, si se examina con rigor, nunca fue semánticamente precisa.
La palabra
se usó como si fuera un espejo del mundo exterior, como si su naturaleza
consistiera en la coincidencia con hechos, datos o realidades externas
a la conciencia del hablante. Este hábito, transmitido de generación
en generación, cristalizó en una tradición expresiva
que se transformó en una prisión conceptual. La consecuencia
fue doble: por un lado, la palabra quedó despojada de su raíz
interior, la que remite a la intención íntima y al saber
absolutamente acertado; por otro, se creó una barrera cognitiva
que dificulta aceptar cualquier redefinición posterior por más
lógica, precisa y necesaria que sea. Cuando la
literatura, la filosofía o el pensamiento moral utilizan de manera
recurrente una palabra bajo un mismo sentido durante siglos, quien escribe
inspirado en esa vieja concepción reproduce la misma estructura
sin advertir que está imitando una convención que surgió
no por claridad conceptual, sino por comodidad cultural. El problema
no es la tradición, sino la inercia.
Esta forma
de pensar quedó tan firmemente arraigada que los escritores, incluso
los más lúcidos, quedaron atrapados en una sintaxis que
les impide ver la dimensión interiorísima del concepto. Cuando aparece
una redefinición que exige mirar hacia adentro -reconocer la propia
intención, examinar la certeza íntima de lo que se comunica-
el choque es inevitable. La resistencia
no es racional; es cultural. La prisión
lingüística se vuelve, entonces, una prisión emocional.
Quien escribe siente que cuestionar la definición tradicional es
una traición a los propios maestros. Y quien lee siente que aceptar
una nueva definición implica renunciar a la familiaridad con la
que fue educado. Pero la literatura
no pierde nada cuando se corrige un concepto: solo gana profundidad. El obstáculo
actual, por tanto, no es filosófico sino cultural: los usos tradicionales
han creado un reflejo automático que rechaza la redefinición
correcta simplemente porque es nueva, porque exige un cambio estructural
en la manera de pensar, hablar y escribir. Aceptar esta
redefinición no solo desafía la herencia literaria; invita
a revisarla.
Autor: José Luis Cortiñas Méndez |