|
||||||
|
Pocos son los pensadores que, a lo largo de la historia, han delimitado con acierto el núcleo de lo que con fundamento puede definirse como la VERDAD. A través de los siglos, innumerables filósofos, teólogos y científicos han intentado describir qué es la VERDAD, cada uno desde su tiempo, su método y su mirada. Sin embargo, la mayoría ha oscilado entre dos extremos: unos la concibieron como correspondencia entre pensamiento y "lo que, de cualquier forma, es", otros como acuerdo colectivo o convención lingüística. Entre ambas posturas -la objetivista y la relativista- se ha perdido lo esencial: el punto de origen donde la VERDAD acontece. Definir la VERDAD exige fundamento, exige lógica, exige intención -no aparente coherencia discursiva-; exige voluntad de descubrir, de revolución lingüística. Por eso, no son muchos los pensadores que han sabido aproximarse a ese núcleo: el instante íntimo en que el sujeto reconoce su propia intención de transmitir un dato que sabe, sin lugar a dudas, acertado. En las páginas que siguen se examina cómo distintos autores -desde Aristóteles hasta Nietzsche, pasando por Agustín de Hipona, Kant, Jaspers o Gandhi, entre otros- rozaron ese núcleo o se apartaron de él, confundiendo a menudo la VERDAD con fe mística, con la evidencia o con la retórica, o con sinónimos que dejan de corresponderle una vez descubierta su correcta definición. No obstante, al analizar sus escritos, surge con frecuencia una fractura interna: contradicciones que diluyen la pureza conceptual y desvían el sentido de una definición que podría considerarse única y correcta. "Un ejemplo de ello fue Mahatma Gandhi, quien, en varias frases simples, se acerca a la correcta definición de la VERDAD, un razonamiento digno de atención cuando dice: "Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la VERDAD, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la VERDAD sigue siendo la VERDAD."" - Mahatma Gandhi (1869-1948) Esta reflexión atribuida a Gandhi expresa con claridad una convicción que siempre consideré esencial: la VERDAD, el único consenso que necesita para existir, es el de redefinirla. No depende del número de quienes la sostienen, sino de la claridad interior de quien la reconoce. Por eso, cuando Gandhi afirma que "si estás en lo cierto y lo sabes", coloca el núcleo del valor moral no en la creencia, sino en el saber; no en la aprobación de los otros, sino en la conciencia propia. Coincido plenamente con esa visión y, expresado en mis propias palabras: la VERDAD, concebida como el reconocimiento íntimo de la intención de comunicar lo que se sabe con absoluta certeza, no puede cuantificarse por la adhesión de multitudes ni por la autoridad de un dogma. Su esencia reside en la pureza de esa intención, previa a toda acción, allí donde la conciencia la reconoce, sabiendo que el dato a transmitir será absolutamente acertado.Cuando Gandhi afirma: "Incluso si eres una minoría de uno solo, la VERDAD sigue siendo la VERDAD", se aproxima -aunque sin formularlo así- a esa misma condición interior que identifico como el único lugar donde la VERDAD sucede: el ámbito silencioso de la conciencia, donde el ser se reconoce en la intención de decir lo que sabe absolutamente acertado. Allí donde la conciencia se encuentra con su propia certeza, sin máscaras, sin interés ni necesidad de convencer a nadie más que a quienes queremos amorosamente beneficiar. La VERDAD, entonces, no es una conquista colectiva, sino un acto íntimo. Y cuando se la vive con esa autenticidad, provoca felicidad solo por el hecho de dar. Por eso coincido también con Gandhi cuando asocia la VERDAD con la libertad: solo quien se atreve a sostener lo que sabe, aun en soledad, se libera de la dependencia del aplauso o de la fe ajena. La duda, el riesgo o el rechazo social no alteran la VERDAD interior de quien sabe lo que dice. Esa conciencia -ese instante en el que uno sabe que no miente- es lo que yo llamo el reconocimiento propio e íntimo de la intención. Y ese reconocimiento, como enseñó Gandhi a su modo, no necesita mayorías, sino valentía y amor. Otra frase atribuida a Mahatma Gandhi dice: "La VERDAD está en nuestro interior. Hay un centro íntimo en todos nosotros, donde la VERDAD reside en plenitud. Todo transgresor sabe en su interior que está haciendo mal, porque la falsedad no puede confundirse con la VERDAD." En esta máxima, Gandhi se acerca aún más a lo que considero la definición correcta: la VERDAD se reconoce íntimamente, en la intención de transmitir datos que, sin lugar a dudas, sabemos acertados. En muchas de sus frases, Gandhi estuvo -como suelo decir- sobre la pista de la correcta definición de la VERDAD. Esta es una de esas: "Quien busca la VERDAD debe ser más humilde que el polvo." La expresión de Gandhi puede entenderse, más allá de una lectura moral, como una exigencia de humildad interior. No se trata de someterse ni de minimizarse, sino de renunciar al impulso del ego que busca imponer, convencer o beneficiarse. Buscar la VERDAD implica aceptar el propio límite, reconocer la intención que antecede a la palabra y admitir, cuando corresponde, el "no sé". Esa humildad -más cercana al silencio que a la proclamación- es la que permite que el dato no sea torcido por conveniencia, miedo o deseo de ventaja. Solo desde allí la palabra puede sostenerse sin traicionar lo que se sabe. Otra de sus afirmaciones dice:"La pasión por la búsqueda de la VERDAD no conoce descanso." - Gandhi Podría completarse hoy diciendo: la pasión por la búsqueda de la correcta definición de la palabra VERDAD no conoce descanso. Finalmente, se le atribuye también la siguiente reflexión: "La diferencia entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer bastaría para obtener la VERDAD del hombre." Al analizar esta afirmación, puede decirse que en la diferencia entre lo que se hace y lo que se es capaz de hacer se encuentra el reconocimiento: el reconocimiento íntimo de la propia intención, de los límites asumidos y de las posibilidades no realizadas.Otros pensadores, en distintas épocas, también se aproximaron a ella. A través de sus máximas y aforismos, intuyeron la naturaleza interior de la VERDAD; sin embargo, en muchos casos perdieron precisión al poetizarla o mistificarla. En Gandhi, incluso, se lo ve -como a tantos otros- el peso de las inercias conceptuales que, a lo largo de los siglos, han desviado la comprensión de la VERDAD, hasta confundirla con la fe o con la exigencia de que deba ser comprobada. Y, aun así, Gandhi fue quien más cerca estuvo de captar su esencia, aunque en algunas de sus expresiones se dispersa en esa tendencia humana a mezclar lo esencial con lo devocional o con lo convencionalmente práctico, como cuando afirma en estas frases: "La VERDAD es Dios." En esta frase, Mahatma Gandhi toma la VERDAD no como un concepto ni como una definición posible, sino como un principio absoluto, y, por ello mismo, inalcanzable por el lenguaje. "Dios es VERDAD, y la VERDAD es Dios." Aquí, Gandhi refuerza la idea de una identidad total entre la VERDAD y lo sagrado, "reforzando una identificación total entre VERDAD y divinidad, y alejándola nuevamente del terreno de lo definible. "La VERDAD es como un diamante: refleja la luz de muchas maneras." En esta imagen, la VERDAD aparece como algo único pero multiforme, imposible de fijar en una sola forma o expresión, siempre cambiante según el ángulo desde el que se la mire. "La VERDAD es dura como el diamante y delicada como la flor." Gandhi presenta aquí una paradoja poética que vuelve a la VERDAD resistente e inquebrantable, pero al mismo tiempo frágil y sensible, reforzando su carácter inasible. "La VERDAD no se encuentra en el razonamiento, sino en la experiencia vivida." En esta afirmación, la VERDAD queda situada en el ámbito de la vivencia interior y moral, por fuera de la razón argumentativa y de cualquier definición lingüística precisa. "La búsqueda de la VERDAD es la ley de la vida." Aquí, la VERDAD no es entendida como un punto de llegada ni como algo que pueda poseerse, sino como un camino permanente, siempre en movimiento y nunca concluido. La distinción entre lo esencial, lo devocional, lo convencional y lo práctico resulta crucial para comprender el enfoque de este análisis. Solo desde esa separación puede advertirse dónde se diluye el sentido original de la VERDAD y dónde comienza su correcta definición: en la intención de transmitir lo que se sabe sin lugar a dudas acertado. En cambio, lo devocional pertenece al plano de la fe, donde la VERDAD se asocia a creencias o a la adhesión emocional a un ideal, sin tener en cuenta el reconocimiento interior de la intención de trasmitir certezas. La VERDAD no sale del terreno de la definición de Aristóteles -que es la misma de los diccionarios-, según la cual, para que algo sea VERDAD, debe comprobarse. Esa definición se refiere a la comprobación de la certeza del dato, arrebatándole la palabra misma, la única que, por sí sola, define la intención de transmitir un dato que se sabe absolutamente acertado. "La VERDAD." Por su parte, lo convencional y lo práctico remite a la aplicación moral o utilitaria del conocimiento, definiendo la VERDAD por su efecto o conveniencia, y no por la pureza de la intención que la origina. Esta confusión -entre la VERDAD como fenómeno de conocimiento íntimo y la VERDAD como valor moral o instrumento útil- ha sido, históricamente, una de las causas principales de la mistificación del concepto. Entre quienes también se aproximaron a la comprensión interior de la VERDAD se encuentra Agustín de Hipona (354-430), quien expresó: "No salgas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la VERDAD." Su reflexión, aun sin formularlo en esos términos, se aproxima a la idea de que la VERDAD no se descubre en lo comprobable ni en lo consensuado, sino en el reconocimiento íntimo de la intención con que se transmite aquello que se sabe absolutamente acertado. Al situar la VERDAD dentro del sujeto -o, más aún, al concebirla como el puro sujeto mismo-, Agustín roza, aunque todavía desde un lenguaje teológico, el núcleo de su naturaleza fenomenológica: la coincidencia entre la intención y la certeza interior. Más aún, en otra expresión Agustín sostiene: "La VERDAD no pertenece a ti ni a mí, sino a todos." En esta afirmación, le confiere a la VERDAD un carácter absoluto y universal. Su intuición, aunque incompleta, coincide brevemente con el fundamento de mis planteos: la VERDAD, si bien se reconoce de manera íntima y personal, trasciende lo individual, manifestándose como un razonamiento compartido por todos, al reconocernos en la intención común de transmitir datos que sabemos acertados. Sin embargo, Agustín también se aleja de esa precisión al dotar la palabra de un sentido poético o místico, como cuando declara: "Busca la VERDAD y no temas decirla, porque la VERDAD es libre." Frases como esta -aunque bellas- dejan ver la necesidad de una redefinición que devuelva a la palabra VERDAD su condición esencial: no como un ideal o una revelación, sino como el acto consciente y propio de transmitir lo que se sabe, sin lugar a dudas, absolutamente acertado. "Amar la VERDAD es amar a Dios, porque Él es." Esta afirmación de Agustín, coherente con su condición de sacerdote, dota a la VERDAD de un carácter místico y religioso, en sintonía con el Evangelio según Juan, donde Jesús proclama: "Yo soy el camino, la VERDAD y la vida" (Jn 14:6), y más tarde, ante Pilato, declara: "Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la VERDAD" (Jn 18:37). De este modo, Agustín eleva a la bendita palabra a la esfera de lo divino y la interpreta con la esencia misma de Dios. Sin embargo, esa identificación, lejos de clarificar, restringe la comprensión de la VERDAD, pues la vuelve inaccesible a la razón y dependiente de la fe. Este momento marca el inicio de la mistificación del término VERDAD en la tradición cristiana: deja de ser una cualidad del conocimiento o de la intención humana, y pasa a ser atributo ontológico de Dios mismo. Esa traslación -de la conciencia al dogma- es precisamente lo que aquí se procura desenredar: cómo la VERDAD, al volverse divina, pierde su dimensión humana interior. La VERDAD, en cambio, no necesita ser divinizada para poseer identidad propia, fuerza y valor. No requiere envolverse en la trascendencia ni recluirse en lo absoluto ni ampararse en lo religioso. Lo absoluto está en su correcta definición, donde nos es común a todos. Su núcleo es más sencillo y, a la vez, humano: está en saberse, en reconocerse a sí mismo en la intención de favorecer a otro transmitiéndole un dato que sabemos, sin lugar a dudas, absolutamente acertado. Mientras Agustín presenta la VERDAD bajo el halo de lo eterno y lo sagrado, en esta reflexión se la entiende en el ámbito de la razón y la lógica. La VERDAD no constituye un atributo divino, sino una disposición de la conciencia: el reconocimiento de la certeza de lo que se sabe y la decisión de compartirlo para el beneficio de los demás. Otro gigante de la sabiduría -Lao Tsé- lo expresa con admirable sencillez: "La VERDAD se encuentra en el silencio, no en las palabras." Lao Tsé, 601 a. C. - hacia el 531 a. C. (aprox.) Con esta sentencia apunta a un núcleo esencial que atraviesa toda reflexión sobre la VERDAD: su presencia no está en el discurso, sino en la conciencia que antecede a la palabra. La VERDAD se revela antes de ser dicha; aparece en el instante en que quien la reconoce se enfrenta consigo mismo y comprende, íntimamente, la intención de transmitir un dato que sabe absolutamente acertado. La enseñanza de Lao Tsé no invita a callar por evasión, sino a reconocer en el silencio interior el lugar donde la certeza nace. Allí, en la quietud del espíritu, donde no hay necesidad de justificar ni demostrar nada, el ser humano advierte con claridad la diferencia entre lo que cree y lo que sabe es absolutamente acertado. No se trata de buscar fuera, ni en templos, ni en doctrinas, ni en los ecos de las voces ajenas; se trata de regresar hacia la fuente interior donde la intención pura se convierte en conocimiento acertado. Pocos entre los sabios ancestrales lograron condensar con tanta lucidez dónde habita la VERDAD. Lao Tsé la ubica en el interior del ser, en esa zona donde no existen testigos ni adornos lingüísticos. Allí no hay espacio para el engaño, porque nadie que esté sano puede mentirse sabiendo que miente. La VERDAD se reconoce sola, en lo íntimo, antes del acto -previo a la palabra- de querer transmitir lo que se sabe como absolutamente acertado. No es patrimonio de un individuo ni un privilegio de los iluminados; es una experiencia común a todos los seres humanos, una vivencia universal que nos hermana en el reconocimiento propio de honesta intención. Cada vez que alguien, con plena conciencia y sin doblez, desea comunicar un conocimiento cierto para beneficio de otros, la VERDAD acontece. No necesita aplausos ni validaciones, porque su fuerza no depende del número de quienes la repitan, sino de la pureza de la intención que la origina. Así comprendida, la VERDAD no se mide por la coherencia de un razonamiento ni por la exactitud aislada de un dato, sino por el conocimiento interior de quien la transmite. Es una forma de silencio activo: no callar por temor, sino porque la certeza se basta a sí misma. "La VERDAD está en el silencio de la intención recta, no en el ruido de las palabras". Y será así, como lo supo Lao Tsé, hasta que quien lo analice lo comprenda para ser, como lo es para mí, el reconocimiento propio e íntimo de la intención de transmitir datos que sin lugar a dudas se absolutamente acertados. ico.
Este
libro invita a razonar temas inéditos como:
|
||||||
|
Agradezco
a quienes, habiendo leído mi trabajo, me han acompañado
con sus respuestas y comentarios.........
Gracias
a la Real Academia Española por estar
analizando mi pedido. |
||||||
|
Para
la Real Academia Española, la definición de la palabra verdad
fue cambiando con el tiempo. Aunque la
RAE incorpora múltiples acepciones, su visión sigue centrada
en la correspondencia mental, ontológica o formal, sin contemplar
cómo se falsaciona la verdad ni admitir la dimensión intencional
y ética que yo propongo.
De:
Unidad interactiva del DRAE [mailto;confidencial-protegido-Art-18.3@rae.es]
El 23 de Enero de 2014 10:34 después de solicitar que me informen si recibieron mi correo me respondieron asi: De:
Unidad interactiva del DRAE [mailto: ****@rae.es] Los datos personales que en esta comunicación aparecen, así como los que nuestra empresa mantiene de Vd. y de su empresa, son tratados con la finalidad de mantener el contacto así como realizar las gestiones que en esta aparecen (Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal). Puede ejercer sus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición dirigiéndose a ***@rae.es
|
||||||