¡Algo bueno que nuestros seres queridos deben
saber de nuestra boca!
¿Qué son las drogas?
Nuestro organismo
es como un complejo laboratorio que funciona perfectamente; las tristezas,
las pérdidas o simplemente el aburrimiento son necesarios para
que intentemos cambios.
Cuando alcanzamos
una meta o recibimos una grata sorpresa, diversas sustancias son liberadas
por glándulas en nuestro organismo, generando una sensación
de placer y haciéndonos sentir felices.
Entre ellas
se encuentran la dopamina, las endorfinas, la serotonina y otras hormonas
y neurotransmisores que actúan en conjunto: ingresan en el torrente
sanguíneo, activan circuitos cerebrales de recompensa y nos producen
placer.
Esa química
natural nos impulsa a repetir conductas beneficiosas, generando una especie
de "sana adicción" que refuerza la búsqueda de
metas, el afecto y la superación personal.
Nuestro cuerpo
necesita esa química interna para sentirse bien, y es saludable
que circule en nosotros de manera espontánea y natural.
La adicción
que producen estas sustancias puede considerarse como una forma de drogas
naturales de nuestro organismo, que nos llevan a repetir esas conductas
acertadas que nos condujeron a lograr una meta.
En cambio,
las drogas administradas exteriormente también pueden producir
placer, pero no son saludables porque desajustan nuestro sistema químico
y glandular, que luego resulta difícil recomponer.
Nuestro organismo
no reconoce esas sustancias químicas externas.
Por eso, en un principio pueden sentirse placenteras y el cuerpo las necesita,
las pide. ¡Y allí está el peligro!
Nunca podrán
igualar la química natural de nuestro organismo ni autorregularse
de manera correcta.
Terminan
separándonos de la realidad, creando un placer artificial que no
responde a ninguna causa vital, más que la de engañar al
propio organismo.
El primer
daño de este engaño es desvincularnos de relaciones autenticas
y profundas con los demás para después de un tiempo no muy
prolongado sumergirnos en un mundo de pesares, agonía y soledad.
Las sustancias
naturales que segrega nuestro organismo nos producen sensaciones de placer
a lo largo del día.
Cada instante de satisfacción en nuestro trabajo, que pueden ser
muchos durante la jornada, nos proporciona esa química.
Un simple gesto de simpatía de un amigo o de un desconocido, un
elogio por algo que hacemos en beneficio de otros o incluso la descarga
de adrenalina ante un peligro son ejemplos de cómo nuestro cuerpo
libera combinaciones de hormonas y neurotransmisores que nos generan bienestar
y estímulo.
Pero cuando la mente comienza a recibir estímulos químicos
externos capaces de producir esas mismas sensaciones de manera intensa
y reiterada, los mecanismos naturales de recompensa pueden verse progresivamente
alterados.
Aquello que antes encontraba satisfacción en innumerables experiencias
cotidianas comienza a depender, cada vez más, de estímulos
extraordinarios, empobreciendo la capacidad de disfrutar y valorar aquello
que la vida nos ofrece naturalmente.
Al consumir drogas, la mente puede registrar sensaciones de placer y estímulo
embriagadores cuya intensidad llega, la mayoría de las veces, a
eclipsar las satisfacciones propias de la vida cotidiana.
Quien entra en ese circuito puede atravesar una etapa en la que comienza
a percibir que aquello que experimenta lo sitúa por encima de las
vivencias comunes de quienes lo rodean.
Poco a poco, las relaciones humanas, los logros ajenos y las pequeñas
satisfacciones de la vida diaria pueden perder importancia frente a la
búsqueda reiterada de esas sensaciones.
Pero con el tiempo, ese registro artificial de placer exige más
consumo, dosis más altas o drogas más potentes, siempre
en la ilusión de encontrar algo que engañe mejor al propio
organismo.
Recuperarse luego de la adicción es una tarea ardua; por ello,
lo más sano es no haber experimentado nunca.
Existen drogas capaces de multiplicar varias veces las sensaciones placenteras
que nos producen innumerables experiencias naturales y, precisamente por
eso, la mente conserva con fuerza el recuerdo de esas vivencias.
Allí reside una de las grandes trampas de experimentar con drogas:
las satisfacciones cotidianas pueden comenzar a perder intensidad frente
al recuerdo persistente de aquellos estados extraordinarios.
Las llamadas drogas sociales -alcohol, tabaco y marihuana- también
pueden producir inestabilidad emocional, precisamente porque suelen consumirse
con frecuencia y asociarse a múltiples experiencias cotidianas.
Drogarse "un poco" es comenzar a engañarse "un poco",
y cuando uno empieza a engañarse, poco importa cuál es la
medida justa para darse cuenta que "Engañarse un poco es comenzar
a perder la confianza en sí mismo."
Genéticamente
no estamos preparados para resistir esos químicos, que siempre
acaban produciendo trastornos.
Por eso bien se llaman tóxicos.
Incluso el dolor más intenso o la pérdida más terrible
nos enseña y nos educa: la tristeza nos da el parámetro,
para que después de una recuperación descubrir con cuán
poco podemos volver a ser felices.
José Luis Cortiñas Méndez 2004 Rerfomado en años
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